Entre la maldad y el fanatismo

26/May/2017

El País, España, Por Francisco Martín Moreno

Entre la maldad y el fanatismo

¿Cómo debe ser una «persona» para
forrar su cuerpo con innumerables cartuchos de dinamita de alto poder
explosivo, cargarse, además, con incontables clavos y tornillos para lastimar a
la mayor cantidad de gente posible, acercarse a un grupo de niños y jóvenes
deseosos de presenciar un espectáculo musical y en ese preciso momento detonar
una bomba para inmolarse (lo cual me tiene sin cuidado, pero me aterra la idea
de asesinar o herir gravemente a chiquillos o jóvenes inocentes que nacen a la
vida)?
Dicen los expertos en terrorismo que Salman
Abedi, de 22 años, quien mató a 22 personas e hirió a más de 64 en Mánchester,
era un individuo irascible y violento, muy manipulable y religioso, que fue
radicalizándose gradualmente hasta llegar al terrorismo. Llama poderosamente la
atención que los atacantes de París eran franceses y el salvaje de Mánchester
había nacido en Inglaterra, es decir, no se trata de asesinos nacidos en el
Oriente Medio que viajaron a Europa para cometer las atrocidades, si bien
fueron capacitados a gran velocidad, tal vez en Siria por ISIS. Todos eran
naturales del viejo continente, la inmensa mayoría de sexo masculino y en plena
juventud al contar con un máximo de 30 años de edad. Existen explicaciones de
carácter social, motivaciones psicológicas, resentimientos familiares y
políticos para unirse a la yihad, pero la mayoría pertenece a la clase media,
han recibido educación y, por lo general, no se han detectado patologías
psiquiátricas ni traumas emocionales, aun cuando este último punto es difícil
de discernir porque la fuente de información parte de los comentarios de los
familiares y amigos de los terroristas.
De acuerdo con lo anterior, me cuestiono: ¿en
qué momento termina la maldad y comienza el fanatismo religioso? Un sujeto que
asesina a una o varias personas porque sus líderes espirituales lo han
convencido de que tendrá garantizado un espacio en el paraíso o tal vez será
premiado por Alá. ¿En estos eventos trágicos y sangrientos interviene la maldad
o simplemente se trata de criminales convencidos de que al matar se salvarán o
serán premiados por alguna divinidad? Los secuestradores de los aviones de las
Torres Gemelas al estrellarse contra los edificios gritaban: «Alá es
grande». Me abruma la confusión. Desde que se inventaron los locos, se
acabaron los perversos, los malditos, ¿ahora nada más hay locos y fanáticos,
pero los malos no existen, reflexionaba yo en tono burlón? ¿Hay maldad en los
líderes religiosos que mandan a matar? ¿Son unos cobardes porque no se suicidan
en su lugar? ¿Es maldad o cobardía o fanatismo o todo junto?
La yihad no puede ser clasificada como una
guerra religiosa porque no se trata de un conflicto armado entre fieles e
infieles. Sí, hemos presenciado ataques de los fundamentalistas islámicos, pero
no hemos visto que los protestantes o cristianos coloquen artefactos explosivos
en La Meca o en un cine en Yemen o en Omán, a modo de ejemplo. No hay tal
guerra, se trata de un ataque violento, cruel y cobarde y unilateral de los
fanáticos musulmanes para vengar quién sabe qué. ¿De quién se estarían vengando
al matar a los chiquillos en Mánchester o a los jóvenes que bailaban en el Bataclán
en París?
Las guerras religiosas siempre fueron
verdaderamente sangrientas y brutales, basta recordar las cruzadas o los
conflictos religiosos en Francia, como la matanza de San Bartolomé o la bestial
rebelión Cristera en México o las pavorosas guerras religiosas que conoció la
humanidad durante la independencia de la India, entre otros ejemplos más. En el
caso de Mánchester y de diferentes ciudades europeas, no nos encontramos con un
enemigo visible ni se trata de una batalla de trinchera a trinchera, como se
libraban en la Primera Guerra Mundial, ni mucho menos de ataques aéreos, como
los que destruyeron a Europa de 1939 a 1945. No, aquí el enemigo puede ser un
pequeñito de 9 años forrado de dinamita y que al apretar un botón hace estallar
una bomba en un mercado para matar a decenas de personas, fundado en la
creencia que al masacrar a los infieles gozará de la eterna consideración de
Alá. ¿Cómo ganar una «guerra» así?